Otra vez septiembre, ¿otro año más de banderitas, discursos ampulosos contra males de hace quinientos años, de desfiles de niños y adolescentes y fiestas patrias?

Los últimos acontecimientos nacionales han sido tan graves y profundos que este año los tambores sonarán en tono menor y desafinado. Algunos analistas y críticos, que no se han dejado confundir por los detalles y han visto el bosque, han dicho que hace falta una revolución.

Este país lleva más de treinta años necesitando una revolución. La propusieron algunos que se tiraron a la montaña pero la perdimos todos. La firma de la paz fue absolutamente ignorada por el otro sector de la sociedad y la ejecución de los Acuerdos se quedó en un café descafeinado sin sabor y sin efectos. ¡Qué gran error!, ¡histórico! ¡Qué oportunidad desperdiciada! la estamos pagando.

Sería bueno tomarnos este mes patrio para revisar cada quien sus errores y no quedarnos en los efectos sino llegar a la madre de los problemas. Podría ser un mes de mucho calado para las casas que producen pensamiento, especialmente las universidades.

El neoliberalismo posterior a la caída del marxismo, no solo caminó hacia un “capitalismo salvaje” sino que degeneró en un sistema de corrupción. No solo en Guatemala, el nuevo sistema político de gobierno está planeado para usar el Estado y el poder para beneficio propio. Se busca el poder de gobernar para producir beneficios personales y de grupo. Para ello se legisla, se enjuicia, se compra o se extorsiona sin sonrojo ni sentimiento de culpa.

Pareciera que vamos estando todos de acuerdo en que hemos llegado al punto del precipicio, de “estallido social”, de “ingobernabilidad”, de “Estado fallido”. Por tanto, que es necesaria una revolución de imaginar nuestro mundo, nuestra convivencia, de planteamientos nuevos basados en criterios humanistas de desarrollo sostenible y para todos.

Para ello necesitamos darnos unos criterios, principios, lineamientos, estructuras e instituciones adecuadas y útiles. De lo contrario seguiremos estando en una situación muy débil, de sobresaltos, de imposiciones y reivindicaciones. Alguien ha escrito que los desheredados y excluidos en Guatemala están pasando de la rabia a la rebeldía.

Un grupo de jóvenes, en su “mensaje final” después de unos días de reflexión y estudio, hace algo más de un mes, decían: Llamamos a nuestras hermanas y hermanos jóvenes de todos los pueblos indígenas a tomar nuestra cerbatana y disparar con nuestro liderazgo, para botar de su nance al nuevo Wuqub’ Kak’ix que se cree el dueño y señor de los bienes de nuestros pueblos.

Escuchar a los jóvenes puede ser un buen ejercicio en esta Guatemala de septiembre de 2017. Los jóvenes actuales pasan de ideologías, de grandes discursos, de historias del pasado y quieren vivir sensibles a la igualdad, al respeto, a la solidaridad, al progreso y desarrollo. Desaprueban que los adultos giren alrededor de sí mismos. Y reclaman ser escuchados y tener participación.

Escuchar a los indígenas de este país puede ser un buen ejercicio en este mes de septiembre de fiestas patrias. «Han transcurrido 10 años desde que la Asamblea General de la ONU aprobó la Declaración de las Naciones Unidas sobre los Derechos de los Pueblos Indígenas, considerándose el instrumento internacional de derechos humanos de los pueblos indígenas más completo. La Declaración, cuya negociación llevó más de 20 años, se consolida hoy como una referencia de progreso y derechos, y un marco para la reconciliación” (Expertos de la ONU 9 agosto). ¡No nos enteramos!

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