Inculturación

Nuevo Rostro de la Iglesia

Precio: Q 25,00

Texto

Nadie mínimamente iniciado en el tema podrá negar, que la compleja problemática de la inculturación se reduce, en suma, a una cuestión fundamentalmente eclesial. Más que una exigencia metodológica de la misión en la actualidad, la inculturación es un asunto eclesiológico.

 

Lo dejaba entrever ya en su día el propósito inspirador del Papa Juan XXIII, al convocar el C. Vaticano II[1], y lo han venido confirmando sucesivamente algunos de los más notables documentos del Magisterio contemporáneo, al explicitar, cada vez con mayor nitidez durante estos últimos años, la teología y el nuevo lenguaje de la misión[2].

 

El discurso teológico-misional ha ido recibiendo en estas décadas del posconcilio una serie de expresiones o acentos interpretativos – acomodación, adaptación, diálogo, encarnación,…-, que, ya por resonancia, ya por recuperación de elementos originarios de la misión, ha vuelto a asumir también aspectos no menos fundamentales de la naturaleza de la Iglesia. Fruto de ello, o por lo menos efecto colateral, tras el redescubrimiento y revalorización del nexo vigente entre una misión inculturadora y la Iglesia misionera, es el sintomático retorno al significado de la Iglesia local, retorno sumamente valioso tanto para la eclesiología en general, como para la teología de la misión en particular.

 

Por lógica interna no cabe hablar por separado de uno y otro tema, misión (inculturadora) e Iglesia local. Ambos componen, en el fondo, una misma realidad, vista desde un doble punto de mira, uno más subjetivo y orgánico (la Iglesia particular) y otro más objetivo e histórico (la misión inculturadora).

 

Vamos a dedicarle a este asunto, como se adivina, de hondo calado eclesiológico, esta esquemática reflexión. Trataremos de ver, más en concreto, cómo la Iglesia particular es el punto axial de un verdadero proceso inculturador. Es la Iglesia concreta, inculturadora e inculturada, con rostro propio y distinto en la comunión universal de las iglesias. La Iglesia local autóctona, de la que se habla ya comunmente en el lenguaje teológico y pastoral. Su significado en el contexto de una eclesiología de comunión y el sentido de su proyección misionera constituyen el eje vertebrador de todo el discurso teológico sobre la inculturación.